Históricamente, la cultura occidental ha estado profundamente ligada a la luminosidad como agente descubridor de la naturaleza. Desde el predominio del cristianismo en la edad media hasta el método científico de Galileo y el siglo de las luces, esta idea se ha ido diversificando hacia otras áreas fuera de las ciencias y la religión y se ha asentado en disciplinas como la literatura, la arquitectura y el diseño.
Es, precisamente, gracias a estas dos últimas disciplinas que la idea de luminosidad se ha masificado y se ha grabado en el subconsciente de la sociedad occidental, llegando a ser bastante natural, por ejemplo, querer poseer una casa con grandes ventanales que permitan la libre entrada de los rayos del sol o un anillo con un diamante que brille, para sentirnos satisfechos, cómodos, y hasta cierto punto, felices.
Sin embargo, no somos concientes de que, para que exista “luz”, necesariamente debe existir o estar presente su contraparte la oscuridad o penumbra.
Cuando notamos que toda nuestra realidad está definida por estos aspectos (luz y oscuridad) podemos entender que ambos son igualmente importantes, pues gracias a la luz percibimos que los objetos existen, sus características físicas y cualidades, mientras que gracias a la oscuridad percibimos profundidad volumen y además ocultamos aquellos aspectos que no merecen ser percibidos. Ambos son esencialmente necesarios, por lo que, “uno no puede existir sin el otro”
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